viernes, 30 de septiembre de 2016

19#. La felicidad tiene que ver más con la gratificación que con el placer





Si hablamos de bienestar personal, plenitud o sencillamente felicidad, un factor al que no se le presta la atención que merece son las gratificaciones. Las actividades gratificantes, los logros, son una herramienta de primer orden en la construcción de nuestro bienestar. Las actividades placenteras también forman parte, y de hecho, son muy pareccidas. Tanto que es frecuente confundir unas con otras, pero no son lo mismo. Ni por supuesto, las consecuencias que tienen en nosotros unas y otras.

Según Martin Seligman, las cualidades o rasgos de las actividades placenteras se pueden definir. Actos cotidianos como ver la TV, comer chocolate, recibir un masaje,… se pueden etiquetar como placeres.

Los placeres 

Se caracterizar por ser actividades efímeras. No necesariamente breves, pero sí que están sometidas al desgaste. Sea por que finalizan de por sí, sea porque nos habituamos fácilmente a ellas, dado que están sometidas a la ley de la saciedad biológica (dicho coloquialmente, que llega un momento en que nos hartan), la cuestión es que , que son finitas en el tiempo. Así, tomar un helado para mí es un placer, pero cuando me ofrezcan el vigesimosexto cucurucho, por mucho que lo haya deseado, por muchos años que haya estado sin saborearlo, por mucho que sea mi sabor favorito, lo más probable es que me sobrevenga una arcada o nausea.

Los placeres suelen ser más sensoriales o emocionales que cognitivos o espirituales. Esto implica que no están constituidos por procesos de pensamiento ni se basan en un trabajo mental. ¡Vamos, que no nos complican la vida! Son deseables y fáciles. De aquí se deriva que sean actividades a las que nos podemos habituar fácilmente. Que podemos aficionarnos a ellos rápidamente, y según el caso, incluso convertirnos en adictos. 

Por el contrario, las gratificaciones, los logros, entre cuyos ejemplos más simples podríamos poner bailar, leer un libro, mantener una conversación, practicar un deporte, etc… son distintas.




Las actividades gratificantes

Un logro, una actividad gratificante, es lo que los expertos en Psicología Positiva llaman fortaleza personal, y que clásicamente se la conocía con el término de virtud. 

La actividad gratificante suele ser más duradera que la placentera. Profundizando un poco más, podemos decir al respecto que, algo gratificante es una tarea que constituye un esfuerzo, ya sea físico, psicológico o social. Esto explica el hecho de que no se conviertan fácilmente en hábito. O sea, que no apetecen por sí solas, sino que hay que poner cierto empeño en realizarlas. Además, requiere de la puesta en práctica de una habilidad (o varias). Presupone pues un ejercicio de atención y concentración, dirigida a un objetivo claro. Para ello disponemos de la sensación de control, e interpretamos esa tarea como un reto, un desafío, de manera que promueve que nos impliquemos profundamente en ello. Y, héteme aquí el factor decisivo, en mi opinión: nos enseñan, podemos aprender (si queremos aprender, lógicamente) de ellas. Aportan un crecimiento personal, o sea, potencian nuestros recursos personales.

Según la profundidad con que nos sumerjamos en tal acción, podemos tener la sensación de que nuestro yo se desvanece. En los casos más paradigmáticos, la persona llega un punto en que tiene la percepción de que “el tiempo se detiene”. Pierde contacto con su entorno y se centra con todo su ser en esa tarea, en la que, paradójicamente, no tiene la sensación de estar esforzándose. Y es así por que percibe que todo fluye. El famoso flow de los raperos y artistas, es lo que el investigador Csikszentmihalyi (pronúnciese Sitsenmijali) descubrió hace unas décadas y denomino “fluir”.




Estas cualidades hacen de las actividades gratificantes una de las vacunas naturales más útiles para nuestra higiene mental, para ahuyentar los fantasmas de la depresión y estados análogos. Y no solo eso, es más, mucho más. Nos provee de un factor que puede hacer que nuestra vida tenga un sentido.

Créanme. No se arrepentirán. Una vez lo prueben, no podrán entender cómo pudieron vivir antes sin ello. Lo necesitan en su vida. Esta es una oferta que usted no puede rechazar. Y solo por 0 euros. No espere más. Haga ya su pedido de compra telefoneando al número que aparece en pantalla.

Todo lo que nos intentan “vender” a través de los medios de comunicación, todas esas metas materiales por las que miles de personas se afanan cotidianamente, todos los cebos que nos ponen los anuncios relacionados con el tener, no con el ser... Todo eso es mentira.
Si en alguna ocasión en su vida han realizado cualquier actividad que se parezca a lo que les acabo de describir. Cualquier actividad en que hayan sentido el flow.
¡No vacilen! ¡No alberguen la más mínima duda! ¡Lo han encontrado!


No, no es el secreto de la inmortalidad (que igual al final nos hace la vida aburrida por su longitud), ni la fórmula de la Coca-Cola (tampoco crean que es tan beneficiosa) ni el crecepelo infalible.

Lo que han hallado ustedes el Santo Grial de la vida. El anillo de poder. El elixir de la eterna juventud espiritual. O al menos, lo más parecido a eso que podemos encontrar los seres humanos.



domingo, 18 de septiembre de 2016

CITA: El lagarto que sabía cómo ser feliz

La idea de enriquecer las gratificaciones se reduce, nada más y nada menos, a aquella pregunta: «¿Qué es la buena vida?». 



Uno de mis profesores, Julian Jaynes, tenía por mascota en su laboratorio a un lagarto exótico del Amazonas. Las primeras semanas después de adquirirlo, ]ulian era incapaz de hacer que comiera. Lo intentó todo, pero el reptil se estaba muriendo de hambre delante de sus narices. Le ofreció lechuga, y mango y luego carne de cerdo picada. Cazó moscas y otros insectos vivos y se los ofreció; y también comida china. Incluso le preparó zumos de frutas. Pero el lagarto no quería comer nada y estaba cayendo en el letargo.

Un día Julian le dio un bocadillo de jamón, pero el reptil siguió sin mostrar interés alguno. Al continuar con sus actividades cotidianas, ]ulian se dedicó a leer el New York Times. Después de hojear la primera sección, arrojó el periódico sobre el bocadillo de jamón. El lagarto centró su atención en esta configuración, se desplazó sigilosamente por el suelo, saltó sobre el periódico, lo destrozó y luego se zampó el bocadillo.

El animal necesitaba acechar y triturar antes de comer. La conducta de los lagartos ha evolucionado de forma que primero acechan a su presa, luego se lanzan sobre ella, la destrozan y finalmente la devoran. La capacidad de cazar es, pues, una virtud de los lagartos. La puesta en práctica de esta fortaleza era tan esencial para la vida del lagarto que era imposible despertar su apetito en ausencia de dicha conducta. Para el animal del ejemplo no existía ninguna fórmula rápida para alcanzar la felicidad. 
 

Los seres humanos son inmensamente más complejos que los lagartos del Amazonas, pero toda nuestra complejidad reside en un cerebro emocional que ha sido modelado durante cientos de millones de años por la selección natural. Nuestros placeres y los apetitos a los que aquéllos atienden están ligados evolutivamente a un repertorio de conductas, mucho más complejas y flexibles que acechar, saltar sobre la presa y hacerla trizas. Pero el hecho de omitir dichas acciones tiene un precio nada desdeñable.

Es demencial la idea de que es posible confiar en fórmulas rápidas para obtener gratificación y evitar el ejercicio de las fortalezas y virtudes personales. Esta idea no sólo produce lagartos que mueren de hambre, sino legiones de personas deprimidas en un entorno de riqueza, que mueren de hambre en sentido espiritual.

Estas personas se preguntan: «¿Cómo puedo ser feliz?». Y esta es una pregunta errónea, porque si no se realiza una diferenciación entre placer y gratificación, provoca con demasiada facilidad la dependencia respecto de fórmulas rápidas y conduce a una vida que consiste en experimentar el máximo de placeres fáciles posible.

No estoy en contra de los placeres; de hecho he dedicado todo el capítulo a aconsejar cómo incrementarlos, junto con la espléndida variedad de emociones positivas. Sin embargo, cuando se dedica una vida entera solo a la búsqueda de emociones positivas, la autenticidad y el significado brillan por su ausencia.

"La auténtica felicidad" (2003)
Martin E.P. Seligman


domingo, 28 de agosto de 2016

#18. Capital psicológico: La mejor inversión de su vida


Si quiere ser infeliz, busque solo su placer. Satisfaga sus deseos renunciando a cualquier logro que requiera un esfuerzo personal, y confunda lo placentero con lo gratificante.

La manida búsqueda de la felicidad ha experimentado un crecimiento exponencial en los últimos años. Si tecleo en San Google la palabra “búsqueda”, la primera propuesta del oráculo es “búsqueda de la felicidad”. Si escribo la palabra “felicidad”, muestra más de 77 millones de resultados. Un peso exagerado el que se le da al concepto en la actualidad (por supuesto, en nuestro minoritario primer mundo) pero en cuyos procelosos mares estamos inmersos. El mantra del Usted también puede ser feliz se ha ido extendiendo como una epidemia, hasta llegar a proclamarse casi una religión. Hacer realidad el eslogan publicitario porque yo me lo merezco se ha convertido en dogma de fe, y no hay forma de escapar de él. Como decía Prince (el artista, no la marca de raquetas), una muestra del signo de los tiempos.
   
El problema radica en el tipo de felicidad a la que se nos incentiva, se nos impele y casi se nos fuerza a conseguir. Somos bombardeados constantemente con mensajes que estimulan la satisfacción de nuestros deseos, el disfrute del placer. Podemos no darnos cuenta de que estos eslóganes que han hecho fortuna, tienen el objeto de alimentar la maquinaria de la sociedad consumista e individualista que, finalmente, han conseguido colarnos. Salvo que uno tenga la suficiente consistencia interna, la necesaria solidez emocional para darse cuenta de que solo se trata de una estrategia de marketing.

Por que se trata más de una felicidad estética que ética, un reclamo publicitario más que un servicio útil, es más un tener que un ser. ¿Creen que los animales buscan la felicidad? ¿Nuestros abuelos se afanaban por buscar la felicidad? ¿Realmente le ha preocupado la felicidad a la especie humana, excepto a unos pocos privilegiados (que ya la poseían)?

No obstante, no deja de ser desconcertante el hecho de que “para sentirnos bien” elijamos preferentemente saciarnos con placeres que realizar actividades gratificantes. Así, después de trabajar, entre una buena lectura y ver la TV, elegimos esta última (y eso a pesar de que las encuestas demuestra sistemáticamente que el estado anímico que nos produce ver TV es de depresión leve). De manera que llegamos a la gran paradoja: Mientras que nuestros indicadores objetivos de bienestar han aumentado considerablemente en los últimas décadas (poder adquisitivo, nivel educativo y cultural, nivel nutritivo, etc.), los indicadores subjetivos de bienestar han decrecido alarmantemente, tanto que la depresión actualmente se ha multiplicado por 10 en relación los índices de prevalencia de tal enfermedad en 1960.


La gratificación, no el placer, incrementa nuestro capital psicológico.

Escuchaba el otro día a Fernando Savater afirmar que "La educación no es un gasto, es una inversión. Aunque cueste, la buena educación siempre va a rentabilizar social y humanamente lo que se ha invertido".

Me llamó la atención la diferencia entre gasto e inversión, porque confundir un concepto con otro es (como decía Machado) caer en la necedad de confundir valor con precio.

En la ciencia económica, se denomina gasto a aquello que consume buscando una contraprestación. Se le llama inversión a aquel consumo con el que se espera conseguir un rendimiento en el futuro.

Cuando yo saco dinero de mi cuenta corriente para gastarlo, estoy disminuyendo el dinero que tengo ahorrado, mi capital. Una vez con el dinero en la mano, puedo usarlo de distintas forma. Si lo utilizo para comprar una entrada de un partido de fútbol, por poner un ejemplo, simplemente estoy gastando, consumiendo ese dinero. Si lo que hago es comprarme la equipación para jugar al futbol para practicarlo, estoy invirtiendo.

En el primer caso lo que obtengo es el placer de ver un partido de balompié. Aunque también podría estar solo dando rienda suelta mi frustración vital acumulada al ir al estadio a soltar berridos, poner a parir al árbitro y hacer el cafre. Un placer de dudoso pelaje. En el segundo caso, no obstante, dispongo de la indumentaria necesaria para obtener la gratificación de jugar al fútbol.


El placer se disfruta pero se agota, no nos reporta nada posteriormente, no acumulamos nada para el futuro; solo la emoción sentida durante la contienda, que necesariamente será breve y finalizará. Sin embargo, la gratificación no es exactamente placentera. Requiere esfuerzo, tener en mente un objetivo, poner en marcha recursos y aptitudes para alcanzarlo,... Pero a cambio, tras el partido, uno se siente satisfecho, se siente bien por el esfuerzo realizado. Mucho más si el resultado está a la altura de nuestras expectativas.   

La distinción más interesante es que las actividades gratificantes SÍ nos reportan algo a posteriori. Nuestra forma física, emocional y mental mejora, y lo hace porque la hemos puesto en acción, la hemos practicado, entrenado si se quiere decir así. Hemos incrementado nuestros recursos psicológicos para el futuro. Aumentamos nuestro capital psicológico y promovemos el deseable crecimiento personal.

Eso sí. Estos conceptos, como todo en la vida, son relativos. Dependen de la intención  o predisposición con que se realicen. No se trata solo del acto en sí, sino también de la actitud con que las desarrollamos. Quiero decir que comprarme la equipación, de por sí, no tiene por qué ser gratificante. Si me compro la indumentaria futbolística de Iniesta o Casillas para enmarcarla y colgarla en el salón de mi casa, estoy disfrutando de un placer pero no una gratificación. Lo será si la uso para jugar, para ejercitarme. Igualmente, si el dinero lo gasto en ir al estadio para inspirarme porque estoy escribiendo un artículo o novela sobre el asunto, o es una excusa para mantener una amistad personal, por poner dos ejemplos, entonces estoy poniendo en práctica fortalezas personales, las estoy desarrollando, de manera que tendría más de gratificación que de placer.

Hecha la salvedad de que disfrutar (con moderación) de los placeres forma parte de nuestro bienestar psicológico, hay que matizar que satisfacer a toda costa nuestros apetitos tiene más que ver con la comodidad o el orgullo mal entendido (arrogancia o prepotencia) que con la felicidad real. Complacernos en la obtención de nuestros deseos, obtener cuantos placeres puedan imaginarse, nos conduce más a la molicie que al bienestar personal. Y la comodidad no nos hace crecer como personas, porque no nos enseña nada… salvo a ser más cómodos aún.


domingo, 19 de junio de 2016

CITA: 5 cosas de las que nos arrepentimos antes de morir



REGRETS OF THE DYING
(Traducción directa del post)

Durante muchos años trabajé en cuidados paliativos. Mis pacientes eran aquellos que habían dejado su hogar para morir.

Las personas crecen mucho cuando tienen que enfrentarse a su propia mortalidad. Aprendí a no subestimar nunca la capacidad individual para el crecimiento. Y algunos cambios son extraordinarios. Cada persona experimenta diversas emociones, como era de esperar, negación, ira, remordimiento, más negación, y finalmente, aceptación. No obstante, cada paciente encontró la paz antes de partir. Cada uno de ellos.

Cuando preguntamos sobre las cosas de que se arrepentían o hubieran hecho de forma diferente, algunos temas surgían una y otra vez. A continuación comento los 5 más comunes: 


1. “Me hubiera gustado tener el coraje de vivir una vida más auténtica, no la vida que otros querían que tuviera”

Este era el arrepentimiento más común de todos. Cuando la gente es consciente de que su vida está casi finalizada y miran hacia atrás con claridad, es fácil ver cuantos sueños se esfumaron sin realizarse. La mayor parte de las personas no hicieron honor ni siquiera a la mitad de sus sueños y tenían que morir sabiendo que esto había sido motivado por las decisiones que se tomaron, o por las que no se tomaron.

Es muy importante tratar de realizar alguno de los sueños de nuestra vida. Porque, en el momento en que perdemos la salud, ya es demasiado tarde. La salud conlleva una libertad que muy pocos aprecian, hasta que dejan de tener esa salud.


2. “Ojalá no hubiera trabajado tanto”

Este era típico de los pacientes masculinos que atendí. Se perdieron la infancia de sus hijos y la compañía de su pareja. Las mujeres también se refirieron a esto, aunque al pertenecer a una generación anterior, muchas de ellas no habían tenido que trabajar para levantar a su familia. Pero todos los hombres que cuidé se arrepintieron profundamente de haber pasado tanto tiempo sometidos a la rueda de molino que fue su trabajo.

Simplificando nuestro estilo de vida y haciéndonos conscientes de las elecciones que hacemos a lo largo de nuestro camino es posible no necesitar los ingresos que creemos necesitar. Y creando más espacios en nuestra vida, llegaremos a ser más felices y estar más abiertos a nuevas oportunidades, algunas más ajustadas a nuestro nuevo tipo de vida.


3. “Me hubiera gustado tener el coraje suficiente para expresar mis sentimientos”

Muchas personas suprimieron sus sentimientos a fin de estar a bien con otros. Como resultado, sentaron las bases para vivir una existencia mediocre y no llegar nunca a ser quienes ellos realmente podrían haber llegado a ser. Como resultado, muchas enfermedades se desarrollaron en virtud de la amargura y resentimiento que ellos se ocasionaron.

No podemos controlar la reacciones de los otros. La gente puede inicialmente reaccionar cuando cambiamos nuestra forma de ser, al hablarles honestamente, pero al final, esto eleva la relación hasta un nivel completamente nuevo y más saludable. Eso, o darnos cuenta de las relaciones insanas de nuestra vida. En cualquier caso, salimos ganando.


4. “Desearía haber estado más en contacto con mis amigos”

Las personas, a veces, no se dan cuenta realmente de todos los beneficios que nos aportan los viejos amigos hasta sus últimas semanas de vida, y no siempre es posible volver atrás. Muchos de ellos se vieron tan atrapados en sus vidas que dejaron escapar amistades íntimas con el paso de los años. Hubo muchos y sentidos arrepentimientos referidos a no haber concedido a los amigos el tiempo y el esfuerzo que merecían. Todo el mundo echa de menos a sus amigos cuando se está muriendo.

Es común, para cualquiera que tenga una vida ocupada, dejar que se pierdan las amistades. Pero cuando nuestra muerte está cercana, los aspectos materiales de la vida desaparecen. La gente quiere dejar sus asuntos económicos y financieros atados, si es posible. Pero no es el dinero o el estatus lo que realmente tiene importancia para ellos. Ellos desean dejarlo todo en orden por el bien de aquellos a quienes aman. Aunque frecuentemente están demasiado enfermos y cansados para realizar esta tarea. Al final, todo tiene que ver con el amor y a la amistad. Esto es todo lo que permanece en los últimos días de vida, amor y amistad.



5. “Ojala me hubiera permitido ser más feliz”

Este es un tema sorprendentemente común. Muchos no se dieron cuenta hasta el final de que la felicidad es una elección. Se quedaron atrapados, estancados, en viejos hábitos y rutinas. El llamado confort de lo familiar ahogó sus emociones así como sus vidas. El miedo al cambio les hizo fingir ante los otros, y ante sí mismos, sobre lo que realmente eran.

Cuando nos encontramos en nuestro lecho de muerte, lo que otros piensan de ti está muy lejos de ser una preocupación. Que maravilloso es poder dejarlo ir y volver a sonreír, mucho antes de que estemos muriendo.


La vida es una elección.

Es NUESTRA vida.

Elijamos con conciencia,

Elijamos con sabiduría,

Elijamos honestamente.

Elijamos la felicidad.     


http://bronnieware.com/regrets-of-the-dying/


miércoles, 1 de junio de 2016

#17. Éxito no es necesariamente sinónimo de felicidad

Desde pequeños nos amoldamos al entorno en que nos criamos y educamos. Nuestra providencial capacidad de adaptación nos lo permite. De manera vamos adquiriendo las claves por las que se rige la comunidad o sociedad en que finalmente nos hacemos adultos. Como bien dice José Luís Sampedro en el post anterior de este blog, el poder directriz de esta sociedad va inculcándonos valores y creencias sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre lo deseable y lo despreciable, sobre lo que entiende por tener éxito y por fracasar... 
 



En una sociedad consumista con un sistema económico capitalista, los ciudadanos, confiados en la bondad del sistema (ingenuamente, quizá) hemos asimilado las reglas de juego, y vamos creciendo mientas despiojamos las posibilidades que se nos ofrecen. En cierta medida, es lógico, casi normal, que una persona pueda creer que tener éxito es alcanzar un estatus socio-económico alto, y/o adquirir cuantas más posesiones mejor, y/o destacar de alguna forma sobre los demás (aunque sea obteniendo el récord guinness por el eructo más ruidoso del mundo o el de aguantar la patada más fuerte en los testículos), entre otros. Por activa o pasiva, explicita o tácitamente, es lo que se nos enseña.



Es posible que la persona, tras dar rienda suelta a sus aspiraciones, trabajar duro, y probablemente haber conseguido parcial o totalmente sus objetivos, se plantee cuestiones que no le inquietaron antes. Es posible que en ese momento se de cuenta de que "sí, pero..."



          Sí, soy consultor jefe de mi empresa, pero...

Sí, tengo una familia envidiable, pero...

Si, adquirí el apartamento en la playa y ayer me compré mi tercer coche, pero...



Cuando a alguien le ocurre esto, lo que suele suceder es echa en falta algo, algo relevante, algo sustancial que igual no puede definir... Es probable que se haya afanado por lograr objetivos que adquirió en su entorno social, pero que, en realidad, no eligió él/ella... aunque es posible que ni se diera cuenta de cómo sucedió. 
 



Ser o tener.



Les hablaba en el post #16. Inteligencia no es sinónimo de sabiduría que la inteligencia sirve para hallar la manera más eficiente de alcanzar una meta, pero la sabiduría es la que decide si esa meta es válida, o sea, si es adecuada, si nos conviene. El éxito parece ser la prolongación natural de la inteligencia pura y calculadora. Pero la extensión lógica de la sabiduría me parece algo más parecido a la felicidad, entendida como el arte de vivir. En este sentido estoy de acuerdo intuitivamente, aunque no pueda fundamentar esta postura, con la afirmación que dice: "El éxito es una ciencia. La felicidad, un arte".



Retomo ahora la pregunta que nos hacía Sampedro: ¿Para qué estamos aquí?



   ...para sufrir (no se lo tomen a coña, que hay más de una    
      generación que se crió con esta creencia, dentro de la más pura  
      tradición judeocristiana),

   ...para disfrutar (hedonismo puro)

   ...para conseguir metas (éxito),

   ...para logra un buena vida (felicidad),

   ...para fastidiar a mi vecino (envidia + dudosa autoestima), ...

   ...para ser más que mi cuñao (envidia + dudosa autoestima +  
      malas relaciones familiares).



Supongo que habrá más posibles alternativas, pero si nos ceñimos al binomio que nos trae a colación, según sea su respuesta, le interesará más invertir esfuerzo en lograr el éxito o en tratar de ser felices.



Reparen en una primera diferencia, sutil pero significativa, entre ambos conceptos que nos ofrece el lenguaje. El éxito se "tiene". Feliz, es "es". Tener y ser. Verbos distintos, pero que en muchas ocasiones se solapan... o se confunden.




Éxito y felicidad.



Por que éxito y felicidad no son necesariamente sinónimos. Pueden serlo, que duda cabe, pero no es la norma. Y ambos conceptos no solo no tienen porqué ir cogidos de la mano, sino que incluso pueden ser excluyentes.



Si al pobre diablo alcohólico y politoxicómano que vemos por el parque o la plaza a diario, un buen día encontrara un billete de lotería y fuera el número agraciaddo con, pongamos 100 millones de euros ¿Dirían ustedes que ahora es un hombre con éxito? ¿Feliz, ahora que dispone de sus millones?



De la misma forma, esa familia perfecta, tan perfecta que da cosica de verlos. Tan estupendo él, tan encantadora ella, tan adorables sus hijos... ¿Están seguros de que, puertas adentro de su hogar, son tan perfectos? ¿Seguro que es real el éxito que nos venden? ¿Seguro que son felices? Valoren el sesgo que tenemos los seres humanos a pensar que los demás, siempre, son más felices que nosotros.



Ahondando un poco más, todos sabemos que hay éxitos que, a posteriori, desearíamos no haberlos tenido (que se lo digan a Macaulin Culkin o a Whitney Houston). Victoria pírrica es un concepto que proviene del rey Pirro (de Epiro), quien venció a los romanos en una batalla que le costó la vida a miles de sus hombres. Hay éxitos cuya factura es tan alta que cabe dudar si merecieron la pena. Y de la misma manera, en ocasiones, sufrimos fracasos tan estrepitosos que nos enseñaron bastante más que muchos éxitos.
 



En la otra cara de la moneda, nos encontramos con ejemplos de personas que no buscan, ni desean, ni necestian el éxito. Paradigmático es el caso de Diógenes, quien decía no necesitar nada para ser feliz, salvo cubrir sus necesidades básicas. Propugnaba desprenderse de todas las cosas materiales y vivir guiados por la razón y la virtud. La leyenda dice que Alejandro Magno se interesó por conocerle, y que al encontrarlo tumbado y desnudo le ofreció cualquier cosa que pidiera, fueran riquezas o monumentos. El viejo solo le pidió que se apartara y no le quitara el sol.



No aparentaba ser una persona de mucho éxito, el amigo Diógenes, sin embargo, él decía ser feliz. Para aquel filósofo, el éxito era completamente despreciable. Sin embargo, si que parecía estar versado en el arte de vivir.



Diferencia entre éxito y felicidad.



La diferencia crítica que encuentro entre el los conceptos en cuestión, es que el éxito consiste en lograr metas... pero metas ajenas a nosotros (que han dictado otros, sean estos nuestros padres, amistades, pareja, sociedad,...). La felicidad tiene más que ver con alcanzar las metas que nosotros hemos considerado importantes en la vida. Si ambos objetivos (los del éxito y los de la felicidad) coinciden en su caso, le felicito sinceramente. Es usted una persona afortunada... o inteligente (emocionalmente)... o sabia.




Si no es así, recordarle lo que Brownie Ware, enfermera australiana, escribió al respecto. Tras dedicar parte de su vida a cuidar enfermos terminales, encontró que, en el momento de la muerte, las personas se arrepentían, en muchos casos, de las mismas cuestiones. Ante la pregunta de ¿qué harían si tuvieran una segunda oportunidad de vivir? (no me digan que no les pone el vello de punta esa pregunta hecha cuando uno se está muriendo) encontró cinco categorías.



Antes de continuar... ¿Han pensado que responderían ustedes a esa pregunta?



Bueno, dejénlo para después. 
Según Brownie, ninguno deseaba nada que tuviera que ver con bienes o riquezas o posesiones o éxito. Todos los moribundos hablaban de aumentar el tiempo compartido con sus seres queridos, expresar mejor sus sentimientos, y haber hecho lo que ellos (no los demás) creían que tenían que hacer.



En fin... Solo por si les sirve.