miércoles, 16 de noviembre de 2016

CITA: Florecer es vivir, no limitarse a existir





Durante siglos, la salud se ha definido simplemente como “ausencia de enfermedad”. Tan somera descripción era suficiente. Pero en los últimos años esta visión comienza a cambiar. No nos basta un bienestar que sea ausencia de dolor. 
 
Ahora queremos un modo de vida que aproveche todas nuestras capacidades, una forma excelente de vivir. Y eso ha hecho que nos interesemos por enriquecer nuestro modo de hablar de la salud, del bienestar, de la felicidad. Han aparecido palabras para designarla: crecimiento vital, realización personal, sentimiento de flujo, fortalezas personales y una que, como floricultor me gusta especialmente: flourishing, “florecer”. Es difícil utilizar la palabra en castellano en sentido psicológico sin resultar cursi, pero, a pesar de todo lo haré. ¿Qué podemos entender por “una vida floreciente”?
 
Demos una vuelta por el jardín, que en todas las culturas ha sido una gran metáfora para la vida humana. Es la naturaleza humanizada. Cuando una planta florece, está en la cima de su desarrollo mostrando su vitalidad, energía, belleza y fertilidad. Pues bien, estas son las cualidades que atribuimos a un ser humano cuando utilizamos el florecer como metáfora. Según define una obra recién publicada -The Encyclopedia of Positive Psychology, de Shane J. López (Ed. Wiley-Blackwell)-, flourishing es “un estado de vitalidad emocional y de buen funcionamiento en la vida íntima y social”. 




Para medirlo, hay que atender a tres aspectos: El primero es el bienestar emocional, concretado por los sentimientos positivos que experimenta la persona: la alegría, la serenidad, el entusiasmo, el optimismo... El segundo es el modo de gestionar la propia vida, las buenas relaciones con uno mismo: el sentimiento del propio valor, las metas vitales, la autonomía, la autoconfianza. Y el tercero es la forma de gestionar la relación con los demás, la buena convivencia, la aceptación social, el amor, la pertenencia, la utilidad social.

Una vida floreciente se opone a la enfermedad: por eso es un tipo de salud. Pero se opone también a la languidez, a una vida a medio gas. Como dicen los especialistas en este tema, “florecer es vivir verdaderamente, no limitarse a existir”. Tiene un carácter expansivo que se manifiesta en el interés por las cosas y las personas, en los lazos de afecto que facilita. Me gusta hablar de “inteligencia resuelta”, porque la palabra resolución tiene dos sentidos: “resolver un problema” y “andar con decisión”.




Florecer es un modo intenso, entusiasta de vivir; opuesto al mero vegetar. Lo caracterizan dos funciones: la percepción de posibilidades y la capacidad de disfrutar. Descubrir posibilidades en la realidad amplía el campo de acción, es la raíz de la creatividad y anima nuestros proyectos. La depresión podría definirse como la “ausencia de posibilidades” y también como “anhedonia”, como “ausencia de placer”. En cambio, el florecimiento incluye la capacidad de disfrutar con muchas cosas, grandes y pequeñas, la vitalidad emocional, la resistencia en los momentos malos y los sentimientos positivos hacia la propia vida.

Cada persona florecerá a su manera. Como jardinero, presumo de ser un experto en floreceres. Los disfruto, los colecciono y los clasifico. Desde el explosivo florecer de los hibiscos, hasta el pausado de las rosas; desde el precipitado de los prunus hasta el lento y humilde de las encinas. Cada planta tiene su ritmo y sus hechuras. Bajo el sol, mi jardín florece.
 
Ojalá los lectores de estas páginas florezcan también, armónica, bella, poderosamente.



Extracto “El arte de florecer”, por Jose Antonio Marina
Revista Mente Sana, nº52, p.46-48

domingo, 30 de octubre de 2016

20#. No hay felicidad sin conciencia de uno mismo.




Una persona que afirma ser feliz, sin ser consciente de sí mismo, de su entorno, de cómo funciona la vida en el planeta Tierra... en realidad no es feliz. Es un iluso. Quien se  dedica a quejarse y despotricar de todo, mostrando así ausencia de esa conciencia, solo conseguirá amargarse el limitado tiempo de que dispone.



Hay toda una serie de tradiciones filosóficas, incluida la Occidental, que postulan la necesidad del conocimiento para lograr la felicidad. En nuestro caso, el ideal de felicidad clásico, propuesto por Aristóteles, se identificaría con saber vivir una buena vida.



En este sentido, la felicidad podríamos entenderla como el desarrollo de nuestras potencialidades, a fin de autorrealizarnos o de alcanzar cierto grado de plenitud. Supongo que nuestra especie no se denomina sapiens en vano. La felicidad, por tanto, no consistiría erradicar todas las preocupaciones de nuestra cabeza, ni mostrar una sonrisa perenne en la expresión facial. No sería sinónimo de encontrarse en un estado constante de bienestar. Estas descripciones encajarían más con la noción de confort o comodidad.



Sabios y eruditos de todas las épocas han afirmado que la ignorancia era la raíz y el tallo de todos los males. Como ejemplo más expresivo de esta idea, me quedo con Sócrates, quien decía que la diferencia entre un hombre sabio y uno ignorante es la misma que entre un hombre vivo y uno muerto. Un tanto radical la comparación, pero no anda desacertado el filósofo. Quizá exagere, pero subraya la diferencia esencial entre uno y otro. Un hombre que conoce, que es consciente de sí, realmente vive (incluyan aquí todas las vicisitudes posibles que puedan acontecer en su vida). Un ignorante se parece más a lo que en mi pueblo llaman ser un tonto en mitad de un carril. Más que vivir, simplemente existe.




La ignorancia, entendida como estupidez, como desconocimiento lo realmente importante en la vida, difícilmente puede aportar la felicidad. La ignorancia es más evasión o escape de las circunstancias, que afrontamiento de las mismas. Nos limita como personas, sabotea nuestro crecimiento interior porque impide al individuo construirse como tal. Limita seriamente la capacidad de manejarnos y de manejar las situaciones sociales que necesariamente hemos de abordar diariamente. En definitiva, nos incapacita de dirigirnos de forma recta. Renunciar a ser sapiens nos hace menos humanos. Dicho de otra manera, la inteligencia fue la que nos hizo humanos.



A la capacidad del ser humano de administrar la información/conocimiento disponible, la interna (estados emocionales o percepciones, por ejemplo) y la externa (todo lo que sucede ahí fuera), se le denomina conciencia.



Cuando hablo de información o conocimiento, aplicados al individuo, hay que entenderlo en su sentido más amplio. No tiene nada que ver con haber cursado carrera, ser un empollón o un erudito. Recuerdo a más de un compañero de facultad que pasó por la universidad, pero esta no pasó por él o ella. De la misma manera, conozco personas sin formación ni estudios que muestran una envidiable conciencia de sí mismos. El conocimiento no consiste en una simple acumulación de datos o un acopio de información, si no en su aplicación efectiva. En usarlos para reflexionar, operar con ello en nuestra cabeza y construir algo.




La memoria, el razonamiento, el lenguaje, la imaginación,... y todas esas fabulosas herramientas que posee nuestro cerebro, utilizan esos conocimientos, información, percepciones recuerdos, etc., que nos son propios. De esta manera, permite que de nuestra mente emerja la conciencia. La capacidad de ser consciente de uno mismo, y  así mismo, la conciencia social. No podemos olvidar nuestra naturaleza dual, individual y social.



Ese talento, que nos permite pensar sobre nosotros y nuestro entorno, nos faculta para encontrar soluciones a la hora de cubrir nuestras necesidades. Pero también para explicarnos el mundo, la vida. Para tratar de entender su orden (y también su desorden).  Particularmente a la hora de asumir las adversidades, sufrir fatalidades, aceptar nuestra finitud, reconocer nuestro limitado margen de maniobra, etc. La conciencia nos permite quitarle hierro al asunto de vivir. Relativizarlo, en la medida de lo posible.


En el fondo, solo estamos hablando de admitir y acatar el axioma nº1 de nuestra existencia: La vida manda, no nosotros.




Se trataría, pues, de aprender cómo funciona, la vida, la que nos contiene en su interior. No de que ella funcione según nuestras reglas o preferencias. Estas suelen ser fruto de un antropocentrismo trasnochado, y su consecuencia es confundirnos y frustrarnos.



Llegados a este punto, la postura que entiendo más razonable para afrontar la vida sería el optimismo. Eso sí, un optimismo realista.



Una actitud basada en la conciencia de lo que hay, en virtud de la cual, podamos darle a un sentido y aspirar a ser felices. Eso sí, moderadamente felices.



Un saludo y cuídense. Igual no les sirve de mucho, pero no olviden que siguen contando ustedes con todo mi aprecio.

lunes, 17 de octubre de 2016

CITA El secreto de la felicidad: FLUIR

Un científico entra por la mañana a trabajar en su estudio y cuando menos lo piensa, se da cuenta de que ya es de noche y que ha pasado todo el día inmerso en sus tareas, sin ni siquiera alimentarse. Un alpinista escala las arriesgadas cumbres del Everest y mientras mantiene el control pleno del ascenso, siente que su cuerpo se funde con la roca. Una bailarina realiza con precisión y armonía una serie de complejos movimientos que hace parecer sencillos, al tiempo que ella misma se siente como flotando. Un cirujano acomete una delicada operación y mientras percibe con todo detalle la interacción entre su bisturí y el órgano del paciente, todo el entorno parece desvanecerse. Un amante hace el amor con su pareja y siente que se fusiona con ella y con el cosmos. Un gourmet saborea un elaborado plato y olvida que ha perdido su fortuna. Unos chicos saltan en monopatín y sus miedos se disipan. Un filósofo piensa y se olvida de que existe. Un músico toca el saxofón y su cuerpo es música. Un niño da sus primeros pasos y percibe que puede caminar...


Todos ellos fluyen en una “experiencia óptima” y no sólo han escapado a la ansiedad y al aburrimiento, sino que, al hacerlo, han logrado poner orden en el caos reinante de sus mentes. Todos ellos están experimentando el disfrute y además de que recordarán la experiencia como algo placentero, obtendrán de ella el estímulo adecuado para buscar nuevos desafíos y hacer que sus personalidades crezcan y se tornen más complejas.

Esa especie de epifanía, ese profundo sentiemiento de alegría que han deseado durante largo tiempo y que representa la imagen de lo que quisieran que fuera la vida, no ha llegado a ellos por la gracia de su buena fortuna. Son ellos mismos, con el esfuerzo constante de sus mentes y de sus cuerpos, quienes han traspasado sus limitaciones y han propiciado una experiencia que va más allá del placer instantáneo de los sentidos, en el que se esconde la esencia de una vida feliz.



Hace más de veintitrés siglos, Aristóteles llegó a la conclusión de que lo que más buscan los hombres y las mujeres es la felicidad. Pero los incontables avances tecnológicos y científicos que hemos logrado desde entonces no parecen haber arrojado mayor luz sobre qué es la felicidad, ni nos han ofrecido las herramientas adecuadas para ayudarnos a alcanzarla.

(...) La conclusión más sorprendente que surgió al analizar los resultados es que las experiencias óptimas eran descritas en términos muy similares por todas las personas, independientemente de su origen, de su edad, de sus rasgos culturales e, incluso, del tipo de actividad realizada. La experiencia óptima, ese momento en el que las personas están tan involucradas en una actividad que su realización es intrínsecamente gratificante y nada más parece importarles, puede ser, entonces, un estado del ser humano que responde a unas características universales. 

Resumen libro: "Fluir" de Mihaly Csikszentmihalyi (1997)
 https://www.leadersummaries.com/ver-resumen/fluir

viernes, 30 de septiembre de 2016

19#. La felicidad tiene que ver más con la gratificación que con el placer





Si hablamos de bienestar personal, plenitud o sencillamente felicidad, un factor al que no se le presta la atención que merece son las gratificaciones. Las actividades gratificantes, los logros, son una herramienta de primer orden en la construcción de nuestro bienestar. Las actividades placenteras también forman parte, y de hecho, son muy pareccidas. Tanto que es frecuente confundir unas con otras, pero no son lo mismo. Ni por supuesto, las consecuencias que tienen en nosotros unas y otras.

Según Martin Seligman, las cualidades o rasgos de las actividades placenteras se pueden definir. Actos cotidianos como ver la TV, comer chocolate, recibir un masaje,… se pueden etiquetar como placeres.

Los placeres 

Se caracterizar por ser actividades efímeras. No necesariamente breves, pero sí que están sometidas al desgaste. Sea por que finalizan de por sí, sea porque nos habituamos fácilmente a ellas, dado que están sometidas a la ley de la saciedad biológica (dicho coloquialmente, que llega un momento en que nos hartan), la cuestión es que , que son finitas en el tiempo. Así, tomar un helado para mí es un placer, pero cuando me ofrezcan el vigesimosexto cucurucho, por mucho que lo haya deseado, por muchos años que haya estado sin saborearlo, por mucho que sea mi sabor favorito, lo más probable es que me sobrevenga una arcada o nausea.

Los placeres suelen ser más sensoriales o emocionales que cognitivos o espirituales. Esto implica que no están constituidos por procesos de pensamiento ni se basan en un trabajo mental. ¡Vamos, que no nos complican la vida! Son deseables y fáciles. De aquí se deriva que sean actividades a las que nos podemos habituar fácilmente. Que podemos aficionarnos a ellos rápidamente, y según el caso, incluso convertirnos en adictos. 

Por el contrario, las gratificaciones, los logros, entre cuyos ejemplos más simples podríamos poner bailar, leer un libro, mantener una conversación, practicar un deporte, etc… son distintas.




Las actividades gratificantes

Un logro, una actividad gratificante, es lo que los expertos en Psicología Positiva llaman fortaleza personal, y que clásicamente se la conocía con el término de virtud. 

La actividad gratificante suele ser más duradera que la placentera. Profundizando un poco más, podemos decir al respecto que, algo gratificante es una tarea que constituye un esfuerzo, ya sea físico, psicológico o social. Esto explica el hecho de que no se conviertan fácilmente en hábito. O sea, que no apetecen por sí solas, sino que hay que poner cierto empeño en realizarlas. Además, requiere de la puesta en práctica de una habilidad (o varias). Presupone pues un ejercicio de atención y concentración, dirigida a un objetivo claro. Para ello disponemos de la sensación de control, e interpretamos esa tarea como un reto, un desafío, de manera que promueve que nos impliquemos profundamente en ello. Y, héteme aquí el factor decisivo, en mi opinión: nos enseñan, podemos aprender (si queremos aprender, lógicamente) de ellas. Aportan un crecimiento personal, o sea, potencian nuestros recursos personales.

Según la profundidad con que nos sumerjamos en tal acción, podemos tener la sensación de que nuestro yo se desvanece. En los casos más paradigmáticos, la persona llega un punto en que tiene la percepción de que “el tiempo se detiene”. Pierde contacto con su entorno y se centra con todo su ser en esa tarea, en la que, paradójicamente, no tiene la sensación de estar esforzándose. Y es así por que percibe que todo fluye. El famoso flow de los raperos y artistas, es lo que el investigador Csikszentmihalyi (pronúnciese Sitsenmijali) descubrió hace unas décadas y denomino “fluir”.




Estas cualidades hacen de las actividades gratificantes una de las vacunas naturales más útiles para nuestra higiene mental, para ahuyentar los fantasmas de la depresión y estados análogos. Y no solo eso, es más, mucho más. Nos provee de un factor que puede hacer que nuestra vida tenga un sentido.

Créanme. No se arrepentirán. Una vez lo prueben, no podrán entender cómo pudieron vivir antes sin ello. Lo necesitan en su vida. Esta es una oferta que usted no puede rechazar. Y solo por 0 euros. No espere más. Haga ya su pedido de compra telefoneando al número que aparece en pantalla.

Todo lo que nos intentan “vender” a través de los medios de comunicación, todas esas metas materiales por las que miles de personas se afanan cotidianamente, todos los cebos que nos ponen los anuncios relacionados con el tener, no con el ser... Todo eso es mentira.
Si en alguna ocasión en su vida han realizado cualquier actividad que se parezca a lo que les acabo de describir. Cualquier actividad en que hayan sentido el flow.
¡No vacilen! ¡No alberguen la más mínima duda! ¡Lo han encontrado!


No, no es el secreto de la inmortalidad (que igual al final nos hace la vida aburrida por su longitud), ni la fórmula de la Coca-Cola (tampoco crean que es tan beneficiosa) ni el crecepelo infalible.

Lo que han hallado ustedes el Santo Grial de la vida. El anillo de poder. El elixir de la eterna juventud espiritual. O al menos, lo más parecido a eso que podemos encontrar los seres humanos.



domingo, 18 de septiembre de 2016

CITA: El lagarto que sabía cómo ser feliz

La idea de enriquecer las gratificaciones se reduce, nada más y nada menos, a aquella pregunta: «¿Qué es la buena vida?». 



Uno de mis profesores, Julian Jaynes, tenía por mascota en su laboratorio a un lagarto exótico del Amazonas. Las primeras semanas después de adquirirlo, ]ulian era incapaz de hacer que comiera. Lo intentó todo, pero el reptil se estaba muriendo de hambre delante de sus narices. Le ofreció lechuga, y mango y luego carne de cerdo picada. Cazó moscas y otros insectos vivos y se los ofreció; y también comida china. Incluso le preparó zumos de frutas. Pero el lagarto no quería comer nada y estaba cayendo en el letargo.

Un día Julian le dio un bocadillo de jamón, pero el reptil siguió sin mostrar interés alguno. Al continuar con sus actividades cotidianas, ]ulian se dedicó a leer el New York Times. Después de hojear la primera sección, arrojó el periódico sobre el bocadillo de jamón. El lagarto centró su atención en esta configuración, se desplazó sigilosamente por el suelo, saltó sobre el periódico, lo destrozó y luego se zampó el bocadillo.

El animal necesitaba acechar y triturar antes de comer. La conducta de los lagartos ha evolucionado de forma que primero acechan a su presa, luego se lanzan sobre ella, la destrozan y finalmente la devoran. La capacidad de cazar es, pues, una virtud de los lagartos. La puesta en práctica de esta fortaleza era tan esencial para la vida del lagarto que era imposible despertar su apetito en ausencia de dicha conducta. Para el animal del ejemplo no existía ninguna fórmula rápida para alcanzar la felicidad. 
 

Los seres humanos son inmensamente más complejos que los lagartos del Amazonas, pero toda nuestra complejidad reside en un cerebro emocional que ha sido modelado durante cientos de millones de años por la selección natural. Nuestros placeres y los apetitos a los que aquéllos atienden están ligados evolutivamente a un repertorio de conductas, mucho más complejas y flexibles que acechar, saltar sobre la presa y hacerla trizas. Pero el hecho de omitir dichas acciones tiene un precio nada desdeñable.

Es demencial la idea de que es posible confiar en fórmulas rápidas para obtener gratificación y evitar el ejercicio de las fortalezas y virtudes personales. Esta idea no sólo produce lagartos que mueren de hambre, sino legiones de personas deprimidas en un entorno de riqueza, que mueren de hambre en sentido espiritual.

Estas personas se preguntan: «¿Cómo puedo ser feliz?». Y esta es una pregunta errónea, porque si no se realiza una diferenciación entre placer y gratificación, provoca con demasiada facilidad la dependencia respecto de fórmulas rápidas y conduce a una vida que consiste en experimentar el máximo de placeres fáciles posible.

No estoy en contra de los placeres; de hecho he dedicado todo el capítulo a aconsejar cómo incrementarlos, junto con la espléndida variedad de emociones positivas. Sin embargo, cuando se dedica una vida entera solo a la búsqueda de emociones positivas, la autenticidad y el significado brillan por su ausencia.

"La auténtica felicidad" (2003)
Martin E.P. Seligman


domingo, 28 de agosto de 2016

#18. Capital psicológico: La mejor inversión de su vida


Si quiere ser infeliz, busque solo su placer. Satisfaga sus deseos renunciando a cualquier logro que requiera un esfuerzo personal, y confunda lo placentero con lo gratificante.

La manida búsqueda de la felicidad ha experimentado un crecimiento exponencial en los últimos años. Si tecleo en San Google la palabra “búsqueda”, la primera propuesta del oráculo es “búsqueda de la felicidad”. Si escribo la palabra “felicidad”, muestra más de 77 millones de resultados. Un peso exagerado el que se le da al concepto en la actualidad (por supuesto, en nuestro minoritario primer mundo) pero en cuyos procelosos mares estamos inmersos. El mantra del Usted también puede ser feliz se ha ido extendiendo como una epidemia, hasta llegar a proclamarse casi una religión. Hacer realidad el eslogan publicitario porque yo me lo merezco se ha convertido en dogma de fe, y no hay forma de escapar de él. Como decía Prince (el artista, no la marca de raquetas), una muestra del signo de los tiempos.
   
El problema radica en el tipo de felicidad a la que se nos incentiva, se nos impele y casi se nos fuerza a conseguir. Somos bombardeados constantemente con mensajes que estimulan la satisfacción de nuestros deseos, el disfrute del placer. Podemos no darnos cuenta de que estos eslóganes que han hecho fortuna, tienen el objeto de alimentar la maquinaria de la sociedad consumista e individualista que, finalmente, han conseguido colarnos. Salvo que uno tenga la suficiente consistencia interna, la necesaria solidez emocional para darse cuenta de que solo se trata de una estrategia de marketing.

Por que se trata más de una felicidad estética que ética, un reclamo publicitario más que un servicio útil, es más un tener que un ser. ¿Creen que los animales buscan la felicidad? ¿Nuestros abuelos se afanaban por buscar la felicidad? ¿Realmente le ha preocupado la felicidad a la especie humana, excepto a unos pocos privilegiados (que ya la poseían)?

No obstante, no deja de ser desconcertante el hecho de que “para sentirnos bien” elijamos preferentemente saciarnos con placeres que realizar actividades gratificantes. Así, después de trabajar, entre una buena lectura y ver la TV, elegimos esta última (y eso a pesar de que las encuestas demuestra sistemáticamente que el estado anímico que nos produce ver TV es de depresión leve). De manera que llegamos a la gran paradoja: Mientras que nuestros indicadores objetivos de bienestar han aumentado considerablemente en los últimas décadas (poder adquisitivo, nivel educativo y cultural, nivel nutritivo, etc.), los indicadores subjetivos de bienestar han decrecido alarmantemente, tanto que la depresión actualmente se ha multiplicado por 10 en relación los índices de prevalencia de tal enfermedad en 1960.


La gratificación, no el placer, incrementa nuestro capital psicológico.

Escuchaba el otro día a Fernando Savater afirmar que "La educación no es un gasto, es una inversión. Aunque cueste, la buena educación siempre va a rentabilizar social y humanamente lo que se ha invertido".

Me llamó la atención la diferencia entre gasto e inversión, porque confundir un concepto con otro es (como decía Machado) caer en la necedad de confundir valor con precio.

En la ciencia económica, se denomina gasto a aquello que consume buscando una contraprestación. Se le llama inversión a aquel consumo con el que se espera conseguir un rendimiento en el futuro.

Cuando yo saco dinero de mi cuenta corriente para gastarlo, estoy disminuyendo el dinero que tengo ahorrado, mi capital. Una vez con el dinero en la mano, puedo usarlo de distintas forma. Si lo utilizo para comprar una entrada de un partido de fútbol, por poner un ejemplo, simplemente estoy gastando, consumiendo ese dinero. Si lo que hago es comprarme la equipación para jugar al futbol para practicarlo, estoy invirtiendo.

En el primer caso lo que obtengo es el placer de ver un partido de balompié. Aunque también podría estar solo dando rienda suelta mi frustración vital acumulada al ir al estadio a soltar berridos, poner a parir al árbitro y hacer el cafre. Un placer de dudoso pelaje. En el segundo caso, no obstante, dispongo de la indumentaria necesaria para obtener la gratificación de jugar al fútbol.


El placer se disfruta pero se agota, no nos reporta nada posteriormente, no acumulamos nada para el futuro; solo la emoción sentida durante la contienda, que necesariamente será breve y finalizará. Sin embargo, la gratificación no es exactamente placentera. Requiere esfuerzo, tener en mente un objetivo, poner en marcha recursos y aptitudes para alcanzarlo,... Pero a cambio, tras el partido, uno se siente satisfecho, se siente bien por el esfuerzo realizado. Mucho más si el resultado está a la altura de nuestras expectativas.   

La distinción más interesante es que las actividades gratificantes SÍ nos reportan algo a posteriori. Nuestra forma física, emocional y mental mejora, y lo hace porque la hemos puesto en acción, la hemos practicado, entrenado si se quiere decir así. Hemos incrementado nuestros recursos psicológicos para el futuro. Aumentamos nuestro capital psicológico y promovemos el deseable crecimiento personal.

Eso sí. Estos conceptos, como todo en la vida, son relativos. Dependen de la intención  o predisposición con que se realicen. No se trata solo del acto en sí, sino también de la actitud con que las desarrollamos. Quiero decir que comprarme la equipación, de por sí, no tiene por qué ser gratificante. Si me compro la indumentaria futbolística de Iniesta o Casillas para enmarcarla y colgarla en el salón de mi casa, estoy disfrutando de un placer pero no una gratificación. Lo será si la uso para jugar, para ejercitarme. Igualmente, si el dinero lo gasto en ir al estadio para inspirarme porque estoy escribiendo un artículo o novela sobre el asunto, o es una excusa para mantener una amistad personal, por poner dos ejemplos, entonces estoy poniendo en práctica fortalezas personales, las estoy desarrollando, de manera que tendría más de gratificación que de placer.

Hecha la salvedad de que disfrutar (con moderación) de los placeres forma parte de nuestro bienestar psicológico, hay que matizar que satisfacer a toda costa nuestros apetitos tiene más que ver con la comodidad o el orgullo mal entendido (arrogancia o prepotencia) que con la felicidad real. Complacernos en la obtención de nuestros deseos, obtener cuantos placeres puedan imaginarse, nos conduce más a la molicie que al bienestar personal. Y la comodidad no nos hace crecer como personas, porque no nos enseña nada… salvo a ser más cómodos aún.